|
Buenos Aires es
una ciudad llena de encantos turísticos. Con èsto mucho no decimos. El mundo lo
sabe. Sobre todo aquellos extranjeros que boquiabiertos quedan con la variedad
arquitectónica de sus edificios. La fama de su belleza y armonía hoy recorre el
mundo y los visitantes se regodean con el placer de sus esquinas.
Si uno piensa en los íconos que engalanan esta ciudad porteña, automáticamente,
recordamos sus plazas o parques.
Indudablemente, La Plaza San Martín es uno de esos lugares característicos que
nos deslumbran, y mucho ha sabido de èsto el escritor argentino Ernesto Sàbato,
autor de su obra genial El Túnel. Libro inspirado en esta pintoresca plaza donde
sus protagonistas Juan Pablo Castel y María Iribarne sellaban su amor mediante
efímeros encuentros. Fundada en el año 1878, La Plaza San Martín, fue todo un
homenaje al nombre del libertador Don José de San Martín. Sus majestuosos
árboles se inclinan sobre sus baldosas y las calles que la rodean adquieren una
figura extraña (muy diferente de otras plazas) con un sentido asimétrico de sus
lados. Este precioso paisaje es corazón del barrio de Retiro y se encuentra
justo enfrente del edificio de Relaciones Exteriores.
La Plaza de Mayo también posee su pasado comprobado. Nació y sigue vibrando a
través de las páginas políticas de la historia. El movimiento peronista del año
1953 la recuerda como uno de los centros de encuentros más notables, cuando la
CGT organizó una manifestación en apoyo al Presidente Juan Domingo Perón, e hizo
detonar la bomba que logró una sorda conmoción que terminó en tragedia. También
ésta es la plaza que siguió alentando, más allá de todo, la ideología de su
conductor. Fue el centro de reunión de Las Abuelas y Madres de hijos
desaparecidos. En su nombre, llamadas “Madres de Plaza de Mayo”, cuando los
Jueves a las 15:00 molestaban la paciencia del presidente Jorge Rafael Videla.
Los bancos de la plaza rememoran sus procesiones pues eran casi setenta mujeres
las que circulaban por sus veredas con sus pañuelos blancos, gritando los
nombres de sus hijos ausentes. La Plaza de Mayo también es el corazón que
respalda edificios como el Cabildo, las calles diagonales, la Catedral y la Casa
Rosada. Fue alfombra de banderas cuando, en la década del ‘ 80, desfilaron los
presidentes del resurgir democrático, hasta nuestros días.
Por supuesto no podemos dejar mencionar el inmenso Parque Lezama, bien al sur de
la Capital. Allí, se yergue cual pulmón en un ir y venir de barrancas, cuesta
abajo. En la época de Rosas, sobre la calle Defensa, se abría un “Jardín
concierto” donde tocaban orquestas alemanas. También fue el lugar donde
Encarnación Ezcurra persuadió a los fieles de Juan Manuel de Rosas. Más tarde,
muy tradicional de la época era La Bella Italia, un café cercano que ofrecía
fragmentos del bel canto a los visitantes que circulaban cerca de dicho parque.
Lezama se haya entre San Telmo y La Boca.
En el bario de Palermo se abre, en su melancólico corazón, entre Serrano y
Honduras, una bella y pequeña plaza llamada Julio Cortàzar. Centro de artesanos,
intelectuales y bohemios, que disfrutan de una charla en su centro o alrededor
del complejo de pubs que la braza, es una bella posibilidad para acercarse.
Cortàzar es hoy uno de los centros turísticos más pintorescos y llamativos.
Queda muy cerca de la casa donde Jorge Luis Borges vivió. Digamos que la
presencia de Borges permanece intacta a metros de Cortàzar, o tal vez, ambos
(tan porteños) salgan a pasear por sus veredas o a tomar un poco de té o café en
algún bar de su plaza.
Buenos Aires, la ciudad que no duerme, posee infinitos recursos para ser
disfrutada. En sus calles, sus veredas, sus bares, sus plazas o sus parques,
duerme una invitación tentadora que nos obliga, agradablemente, a conocerla.
|