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La abuela suele
advertirnos que aquellos chicos son unos “bandidos”. Nos explica que los tiempos
han cambiado y que el paso del mismo ha sido “tremendo”. Para referirse a la
muchacha, que permanentemente cambia de novio, nos detalla que es “una
chiquilina ligerita” y que su ex pareja fue sólo un “filito” tan veloz como la
moda. Dice que en su “romance o idilio” lo menos que hubo fue amor. “¡Es
imponente!” acota sus grandilocuencias mientras pide que se baje el “pasadiscos”
porque éste es un “bochinche” o porque los vecinos se van a enojar con ese
“espanto” de “tachin, tachin” (rock o pop). En fin, comenta que si la
“algarabía” es de los jóvenes, ella no comparte ese “fato” porque es una señora
de edad y, cuando uno tiene principios y es “cabal”, no puede involucrarse en
esa “batahola”. “Esos políticos son unos `charletas y fantoches” agrega,
mientras alude que, la actualidad de este mundo, es un “merengue” como el
“Camabalache” del tango.
La vida de la abuela ya no conserva la juventud de un “cascabel” y menos la
belleza de sus “años mozos”. Ella es un poco “cascarrabias” y se preocupa
porque, según le han contado, su manera de expresarse es muy antigua. (En el
léxico de la abuela, ese término podría manifestarse como “demodè”). Le
aconsejan intente modernizarse. “¿A mi edad?” contesta, mientras se arregla su
“rodete”: “¡Qué se vayan con la música a otra parte!”
¿Qué hacer entonces con estos términos que han quedado en desuso? ¿Cómo
guardarlos en un cajón y permitir que sus letras se llenen de tierra? ¿Cómo
olvidar las palabras que forman parte de nuestra historia? ¿Qué hacer con este
idioma tan bello y tan mal hablado que, de pronto, se transforma en la
vulgaridad de expresiones gastadas? Las palabras para algo están, aunque los
neologismos (aquellos términos que la abuela no pronuncia) van enterrando a
éstos que se resisten a morir.
Los más jóvenes expresan que el “chabòn” es más “zarpado” que la “mina”. En un
lunfardismo mucho más actual, ellos desconocen que sus términos son tan pobres
que sólo logran salpicar la hermosura de una lengua tan compleja como la
nuestra. Conectarse por “MSN”, “faxear” una carta o hablar por “celu”, en un
lenguaje “super actual”, se extiende hacia todas las edades mientras los
anglicismos tales como escuchar un “track”, oir un “Mp3”, entrar en un “Chat”,
diseñar una “web page”, escribir un “blog”, o tener un “play station”, entre
tantos otros, se hace costumbre y “snob” en una sociedad que pierde riqueza en
su idioma. Acotarla y desgastarla es “canchero”. Expresarla bien es propio de
los intelectuales aburridos.
Todo se restringe, y nuestro vocabulario también porque, según cuenta la abuela
da “pereza” leer. Es mejor navegar por Internet y tenerlo todo servido antes que
abrir un libro e involucrarse en develar cierta terminología, porque el
diccionario también pasó a formar parte de un animal en extinción. Da “fiaca”
tener que ir a la biblioteca para seguir leyendo algo que, según los
adolescentes expresan, “No me sirve para nada. Total, yo no voy a ser profesor
de castellano ni escritor”.
La abuela es anciana pero sabia. No en vano tiene sus años y los lleva con
sabiduría. Su nieto, en el fondo, la admira porque sabe que, a pesar de ser
“pacata”, y a pesar que su presencia es un peligro ante los demás (porque
siempre habla más de lo necesario) ella les “pone la tapa”. Les enseña a todos,
entonces el nieto le dice: “Abu, vos sí que sos grande”. “Sos lo más” “¿Lo más
que, m`hijo?” Pregunta ella, y en un diálogo singular donde los muros no dividen
generaciones, el idioma se degrada en confusiones pero, afortunadamente, los
sentimientos quedan intactos. La abuela cree que esta “jarana” alimenta la
relación familiar de la “chàchara” de todos los días.
“Flor de granuja, sos vos” se engolosina la abuela mientras se enorgullece con
su nieto “Lo que no entiendo”, alude ella “…es que seas tan rebuscado para
hablar”. Pero el nieto tampoco comprende por qué ella no se actualiza con su
“old languaje” aunque, a pesar de todo, la abuela es “re pata” y, por suerte,
nada “ortiba”.
Lo cierto es que, entre neologismos, lunfardismos, anglicismos y arcaísmos, la
nueva Torre de Babel se construye a lo largo de la historia y de sus
generaciones, pero con un componente único, que cimienta su estructura: nuestra
lengua española.
Las palabras son como las hojas. Cuando abundan, poco fruto hay entre ellas.
Alexander Pope. |