Palabras de la abuela

(La nueva Torre de Babel)

  por Ana Leguìsamo Rameau.

 

Foto: 6 Grade Students

La abuela suele advertirnos que aquellos chicos son unos “bandidos”. Nos explica que los tiempos han cambiado y que el paso del mismo ha sido “tremendo”. Para referirse a la muchacha, que permanentemente cambia de novio, nos detalla que es “una chiquilina ligerita” y que su ex pareja fue sólo un “filito” tan veloz como la moda. Dice que en su “romance o idilio” lo menos que hubo fue amor. “¡Es imponente!” acota sus grandilocuencias mientras pide que se baje el “pasadiscos” porque éste es un “bochinche” o porque los vecinos se van a enojar con ese “espanto” de “tachin, tachin” (rock o pop). En fin, comenta que si la “algarabía” es de los jóvenes, ella no comparte ese “fato” porque es una señora de edad y, cuando uno tiene principios y es “cabal”, no puede involucrarse en esa “batahola”. “Esos políticos son unos `charletas y fantoches” agrega, mientras alude que, la actualidad de este mundo, es un “merengue” como el “Camabalache” del tango.
La vida de la abuela ya no conserva la juventud de un “cascabel” y menos la belleza de sus “años mozos”. Ella es un poco “cascarrabias” y se preocupa porque, según le han contado, su manera de expresarse es muy antigua. (En el léxico de la abuela, ese término podría manifestarse como “demodè”). Le aconsejan intente modernizarse. “¿A mi edad?” contesta, mientras se arregla su “rodete”: “¡Qué se vayan con la música a otra parte!”
¿Qué hacer entonces con estos términos que han quedado en desuso? ¿Cómo guardarlos en un cajón y permitir que sus letras se llenen de tierra? ¿Cómo olvidar las palabras que forman parte de nuestra historia? ¿Qué hacer con este idioma tan bello y tan mal hablado que, de pronto, se transforma en la vulgaridad de expresiones gastadas? Las palabras para algo están, aunque los neologismos (aquellos términos que la abuela no pronuncia) van enterrando a éstos que se resisten a morir.
Los más jóvenes expresan que el “chabòn” es más “zarpado” que la “mina”. En un lunfardismo mucho más actual, ellos desconocen que sus términos son tan pobres que sólo logran salpicar la hermosura de una lengua tan compleja como la nuestra. Conectarse por “MSN”, “faxear” una carta o hablar por “celu”, en un lenguaje “super actual”, se extiende hacia todas las edades mientras los anglicismos tales como escuchar un “track”, oir un “Mp3”, entrar en un “Chat”, diseñar una “web page”, escribir un “blog”, o tener un “play station”, entre tantos otros, se hace costumbre y “snob” en una sociedad que pierde riqueza en su idioma. Acotarla y desgastarla es “canchero”. Expresarla bien es propio de los intelectuales aburridos.
Todo se restringe, y nuestro vocabulario también porque, según cuenta la abuela da “pereza” leer. Es mejor navegar por Internet y tenerlo todo servido antes que abrir un libro e involucrarse en develar cierta terminología, porque el diccionario también pasó a formar parte de un animal en extinción. Da “fiaca” tener que ir a la biblioteca para seguir leyendo algo que, según los adolescentes expresan, “No me sirve para nada. Total, yo no voy a ser profesor de castellano ni escritor”.
La abuela es anciana pero sabia. No en vano tiene sus años y los lleva con sabiduría. Su nieto, en el fondo, la admira porque sabe que, a pesar de ser “pacata”, y a pesar que su presencia es un peligro ante los demás (porque siempre habla más de lo necesario) ella les “pone la tapa”. Les enseña a todos, entonces el nieto le dice: “Abu, vos sí que sos grande”. “Sos lo más” “¿Lo más que, m`hijo?” Pregunta ella, y en un diálogo singular donde los muros no dividen generaciones, el idioma se degrada en confusiones pero, afortunadamente, los sentimientos quedan intactos. La abuela cree que esta “jarana” alimenta la relación familiar de la “chàchara” de todos los días.
“Flor de granuja, sos vos” se engolosina la abuela mientras se enorgullece con su nieto “Lo que no entiendo”, alude ella “…es que seas tan rebuscado para hablar”. Pero el nieto tampoco comprende por qué ella no se actualiza con su “old languaje” aunque, a pesar de todo, la abuela es “re pata” y, por suerte, nada “ortiba”.
Lo cierto es que, entre neologismos, lunfardismos, anglicismos y arcaísmos, la nueva Torre de Babel se construye a lo largo de la historia y de sus generaciones, pero con un componente único, que cimienta su estructura: nuestra lengua española.

Las palabras son como las hojas. Cuando abundan, poco fruto hay entre ellas. Alexander Pope.