La profesión elegida eleva el alma, el trabajo  obligado destruye

 por Ana Leguìsamo Rameau.

 

Yo digo que el ser humano deja de ser feliz en cuanto elije un trabajo que no ama. Si bien vivimos en un estado de crisis, donde debemos optar por un empleo desagradable para poder sobrevivir y ser parte de la dignidad de esta sociedad, que excluye a todo aquel que no tiene para llevar un pan a su mesa, el hombre o la mujer, que pasa más de diez horas dentro de cuatro paredes, termina destruyendo su propia vida. La creatividad se aliena, las ganas se cansan de transitar mediocridades y la melancolía pronto comienza a apoderarse de nosotros. Se sufre la depresión transformada en resignación y, de pronto, esa esclavitud pasa a formar parte de la rutina. El ser humano siente esa rutina como el camino cotidiano de la normalidad y ya está encarcelado en las garras del más poderoso.
Trabajar doce horas, llegar a casa y ver la tele con espacios vacíos es tema de todos los días. Mi pregunta es ésta ¿Es eso lo que realmente queremos? ¿Somos felices así? ¿Qué pasa con nuestras vidas? La crisis nos ha hecho olvidar la felicidad de las pequeñas cosas porque las cuentas y las facturas nos apremian el cerebro.
El músico trabaja en un kiosco, el actor en un supermercado, el escritor en un estudio contable, el arquitecto en la boletería del subte, el profesor en el consultorio, y así sucesivamente e infinitamente podemos elaborar una larga cadena de tristes eslabones mientras la omnipotencia y prepotencia avasalla a la impotencia del que menos tiene.
Esta es la senda que todos conocemos o el trencito que nos lleva al infierno. Bien, a veces ocurre que el destino nos marca un rumbo injusto e impropio y ya no podemos optar (sobre ese terreno no opino). Muchos resignados caminan como si el castigo les fuera normal entonces se dejan llevar y así marchan hasta el último día de su vida cobrando dolores como coronas de espinas.
Yo no digo que quebremos las leyes porque a esta altura nadie puede cambiar esta forma ingrata de vivir. Estamos andando por el camino de la globalización. Sería como el cantito del chico de los años `60, que salió al mundo con su guitarra para cambiarlo todo con una canción. Yo solo intento que la mayoría de la gente trate, desde su humilde lugar, hacer algo por sí mismo. No caer en la mediocridad de lo que la mayoría de los poderosos quieren. Eso ya sería un adelanto. Instruirse, estudiar y perseverar ya es un avance en el mundo de los que tienen el dinero e intentan aplastar al más débil porque ellos en verdad no quieren que los frágiles se fortalezcan pues la educación y el intelecto es propio de los que saben demasiado y eso, en los poderosos, molesta mucho. Ningún poderoso quiere sentirse bajo la sombra de un subordinado pues tener dinero no es poseer talento y se puede ser pobre pero creativo, inteligente e intelectual. Beethoven era pobre, Manuel Belgrano murió en la miseria y Scalabrini Ortìz también. Trabajar doce horas al día con un sueldo subterráneo es lo ideal pues, de ese modo, el hombre empleado con proyectos se cansa en el intento porque las neuronas se corroen en la tontería del día a día; de la cartita que escribe la secretaria, del memo que se lleva a contaduría y más tarde a Recursos Humanos, o del Call Center que repite siempre: “Buenos días, Señor. Mi nombre es Paola ¿En qué le puedo servir” Si Paola no intenta cambiar su vida, pronto será embargada por esa silenciosa enfermedad sin nombre. La dolencia que nace de la resignación del que no puede cambiar su vida y el abuso del otro, que tiene el dinero, finaliza en los estadíos de la depresión o del pensar que uno ya no sirve para nada. Si mi abuela tuviera que opinar al respecto diría que sobre este tema “Hay que patear el tablero”, pues de adentro nace el cambio. La resignación seria algo así como sufrir anemia. Estar mareado todo el tiempo sin poder atinar a nada. Vivir bajo el efecto de una droga mortal subordinado al manejo taciturno del adinerado.
Pienso que el trabajo dignifica y no importa cuál sea. Se puede barrer las calles y ser el mejor barrendero, se puede cocinar el más rico manjar como el mejor cheff o se puede edificar el mejor edificio en manos del más notable arquitecto. Podemos trabajar doce horas en la oficina y quizás (sin prejuzgar) tener el mejor jefe del mundo pero no dejemos de desarrollar el intelecto. El arte, las ciencias sociales, las letras, el deporte o cualquier actividad que amen en sus vidas, será bienvenido si lo practican. Uno vive en función del deber, del querer y del poder, entonces si no pueden cambiar sus vidas con respecto al trabajo, pues el dinero que necesitamos es una realidad insoslayable, intentemos hacer algo que realmente amemos (estableciendo tareas paralelas). No se alienen en la mediocridad, no se dejen avasallar por el que ustedes creen tiene talento. Ustedes pueden ser tanto o más talentosos que los demás. Estamos acostumbrados a vivir bajo la subestimación del prepotente que cree saberlo todo y sabe sólo malos tratos o porque conoce sólo su disciplina opina que está listo para ser el rey. Nosotros también podemos ser reyes algún día.
Cambiemos desde adentro con actitud y aptitud. No es utópico, se puede. Lo importante es no dejarse subestimar por el que se cree más poderoso.

 

“La vez que quise ser bueno en la cara se me rieron;
cuando grité una injusticia, la fuerza me hizo callar;
Hoy no creo ni en mí mismo. .. Todo es grupo, todo es falso,
aquél, el que está más alto, es igual a los demás...”

 

Tango: Las cuarenta.
Letra: Francisco Gorrindo
Cuando Francisco Gorrindo escribió algunos de sus mejores tangos, trabajaba en una empresa de correos despachando cartas. Sus canciones fueron interpretadas por los más grandes músicos del tango: Francisco Canaro, Charlo, Roberto Grela, Juan D`arienzo, Alberto Echagüe, Ricardo Tanturi, Alberto Castillo, Rodolfo Biaggi y otros talentosos.