El Italpark

 por Ana Leguìsamo Rameau.

 

Foto: Ayer infancia

¿Quién no fantaseó tantas veces con una máquina del tiempo que nos regrese a nuestra mejor época? Estaciones y lugares nos han marcado a fuego porque la nostalgia, muchas veces, se entremezcla con la melodía de alguna canción lejana que nos devuelve al pasado. Caminar por alguna calle y sentir el perfume de una comida casera nos recuerda a la sopa de la abuela. Escuchar el silbido de un pájaro nos acerca al momento más vivo que tuvimos en nuestra niñez, cuando el abuelo caminaba por la vereda e improvisaba alguna vieja canción extranjera. Todo forma parte del pasado y, aunque nos duela, debemos aprender a pensar que ya no están. Los seres queridos, las calles, los sitios más preciados y todo aquello que nos vio crecer.
Podríamos hacer una larga lista de lugares que dejaron de existir pero hay sitios que identificaron a nuestra ciudad porteña. En la memoria de mis mejores lugares me pregunto ¿Qué ocurrió con el Italpark? En la locura actual de las agresiones, de los ataques, o de esta crisis que se empecina en herirnos día a día, hay lugares que pueden resultar un bello recuerdo del pasado. Dentro del Italpark, el tren fantasma, era uno de esos juegos que hoy no asustan a nadie pero que, en su época, resultaron el terror del momento. Un niño hoy se reiría si transitara aquellos túneles oscuros con personajes mal trazados, que caían de hombros cuando el trencito daba vuelta cada esquina. En verdad, más que las figuras, los sonidos eran quienes coqueteaban más con el estremecimiento del viejo tren. Lo que asustaba eran los audios: muchos gritos, música tétrica y estruendosa, y risas sarcásticas como en los mejores Thrillers.
El Italpark fue uno de los parques de diversiones más llamativos. Estaba ubicado en pleno barrio de la Recoleta, precisamente en la intersección de las avenidas Libertador y Callao. Fundado en 1960 por los hermanos Adelino y Luis Zanon llegó a ser en la década del `80 el parque más grande de Sudamérica. Fue un verdadero clásico nacional. Estampitas coleccionables de la memoria nos recuerdan al pulpo quien, en un ir y venir, nos dejaba sin aliento con toda aquella sensación de estropearnos contra alguien. La montaña rusa nos emocionaba cuando subía la eterna rampa pero al advertirnos sobre la proximidad del vacío nos despertaba cierta cosquilla de pánico cuando, al instante, se desplomaba hacia el vacío. También existía el laberinto del terror, que era el pánico personificado en histeria colectiva. El barco con sus pisos innumerables a través de la oscuridad, y la famosa nave con un Capitán a gritos advirtiendo: “Abandonen la nave, abandonen la nave”. Como olvidar a las tazas y sus “vuelteretas” que, a más de a uno, despertó el mal estar de los mareos. Los autitos chocadores fueron otro clásico, inclusive en filmaciones de películas nacionales, como es el caso de Alberto Olmedo, quien fue un fanático de ese juego. También estaban los coches de Fórmula Uno donde, en la masiva imaginación, todos eran Shumacher o Fangio, y había que ver como esos autos sacaban chispa, cuando entraban en calentamiento. Sin embargo, el Teleférico era más pasivo y recorría a lo largo el gran parque haciendo viajes desde un lado hacia el otro. Más cerca de Callao, quedaba un enorme cine con películas impresionantes, que alertaban en su entrada: “No apto para mujeres embarazadas o cardíacos”. Otras fueron las sillas voladoras, el Cinema Ciento Ochenta, y en los últimos tiempos el Samba, el gran boom de lo inédito con mucha gente saltando en el centro de su pista.
Como todo lo bueno termina, también terminó el Italpark y fue en El Matter Horn donde se produjo la terrible tragedia que pondría fin a nuestro mundo de sueños llamado “Italpark”. Fue allí y en el año 1990, cuando Roxana Celia Alaimo, de tan sólo quince años murió fatalmente por negligencia en el mantenimiento de las máquinas. Negligencia es un término que, desgraciadamente, reincide en nuestro país y èsto fue lo que puso fin a nuestro centro de diversiones llamado Italpark, un lugar donde los grandes y los chicos éramos todos niños. Donde los padres encontraban la excusa para llevar a sus hijos y gastarse “una ficha” en el juego preferido. El Italpark fue ese lugar de sueños que acompañó la cara pintoresca de la ciudad porteña y, aunque nos pese (descontando la fatal negligencia) formó parte de una etapa que nos viò crecer y, tras ella, quedó anclada en la memoria como una perdida postal más de Buenos Aires.