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Yo suelo andar
por Buenos Aires y disfrutar de sus rincones. Cuando veo un lugar histórico y
noto lo mal tratado de sus paredes y techos, creo que esta ciudad no es merecida
para muchos. Razón por la cual sucede que los turistas no comprenden el mal
trato de sus calles y edificios. Debido a èsto, a veces pienso que los
extranjeros respetan los espacios bonaerenses mucho más que los mismos
habitantes de este lugar. Por eso, salí a recorrer la ciudad y anclé en un lugar
especial. Por cierto, demasiado porteño para todos: El Abasto. Un edificio
remodelado pero que alberga su historia en los anales de las páginas, que
supieron proteger los pies de Carlitos Gardel. Las calles escucharon sus
canciones y el cielo del Abasto disfrutó y fue protagonista de la belleza del
canto de sus cuerdas vocales. Hoy, el pasaje que lleva su nombre, es un claro
homenaje a Carlitos.
Pensé en el Abasto. Me interesó su orìgen y sentí que retrocedía años y años en
el tiempo, aunque no en el espacio, pues estaba allí, en Corrientes al 3200,
entre Anchorena y Agüero. Sólo sabía que en 1889 habían existido construcciones
precarias a las cuales llegaban carretas con mercaderías, y una ordenanza
prohibía expresamente la comercialización de carne, la cual no se respetaba.
En un café del lugar nos encontramos el Arquitecto Oscar Arias y yo. Él me
mostró fotos varias de Buenos Aires, y en un ir y venir de adivinanzas, acerté
lo que me presentaba. Eran bellísimas postales donde observé, mientras Arias
hablaba y detallaba, sus historias interesantes. Una de las fotos expresaba el
paisaje iconográfico del Abasto, justo lo que necesitaba saber. Mi entrevistado
comentaba que el mercado de Abasto se había construido en 1930 e inaugurado en
1934 siendo el más grande y avanzado de América del Sur. Luego, los ingenieros
Delpini, Sulcic y Bes ganaron el concurso de proyectos resultando los autores de
la obra. En aquel entonces
el lugar contaba con entrada de trenes, playa subterránea de maniobras y
estacionamiento, cámara frigorífica central, dos escaleras mecánicas (una
novedad para la época) y más de quinientos puestos con teléfono. Eso fue en 1930
pero en 1983 había cerrado debido al traspaso a su actividad actual con el
emplazamiento de la Autopista Richieri. Al final, en 1998, se reciclaba e
inauguraba como el actual Shopping. Hoy es uno de los edificios más lindos de la
ciudad.
A modo de anécdota, Arias agregaba: “¿Sabías que Antonio Berni propuso
transformar el Abasto en un centro de Arte como el George Pompidú construido
sobre el desaparecido mercado de París?”. A decir verdad, su comentario resultó
toda una novedad para mí. Vaya si tendrá sorpresas Buenos Aires, pensé.
En otra foto, que va más allá del Abasto, llegamos a la Biblioteca Nacional
(sólo era cuestión de bajar con la imaginación desde la misma calle Agüero,
donde nos situábamos, hasta Palermo chico). Allì Arias relataba:” Es una obra de
Clorindo Testa, asociado a los arquitectos Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga.
En el año 1958 se formó una comisión del Ministerio de educación para construir
y buscar un solar donde levantar la biblioteca. Más tarde, adquirieron la quinta
Unzué donde funcionaba hasta entonces la residencia presidencial de Olivos, pero
en 1962 se llamó a concurso de proyectos y ganó Clorindo. Finalmente, la
biblioteca se terminó de construir en 1992”.
Cuántos cafés necesitaré para aprender historias sobre Buenos Aires, pensé. No
me alcanzaría con una vida. Sin embargo, dentro de mis escasos conocimientos,
seguiré indagando porque, más allá de mi curiosidad, quiero que ustedes conozcan
la gran historia de esta preciosa ciudad porteña, que se forja en los edificios
que muchos habitantes se empeñan en destruir.
Agradecimientos al Arquitecto Oscar Arias.
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